Cuando se intenta reconstruir la historia de un grupo que ha marcado profundamente a dos —y hasta tres— generaciones, y que ha significado tanto para miles de personas a lo largo de más de dos décadas (los años 80, 90 y 2000), el primer impulso es volver al origen de todo: entender cómo empezó la historia.
Para encontrar el hilo conductor y darle coherencia al nacimiento, desarrollo y posterior consolidación de una banda como Leusemia, es necesario remontarse, casi inevitablemente, a los primeros años de la década de 1970. Allí, en ese contexto formativo, hay que escudriñar también en la vida de los dos hermanos que han sido la base única e invariable del grupo a lo largo del tiempo: Kimba Vilis y Daniel F.
En ellos no solo se encuentra el germen musical de Leusemia, sino también la sensibilidad, las inquietudes y la actitud que terminarían dando forma a una de las propuestas más influyentes y persistentes del rock peruano.
Pues bien, ambos nacieron y se criaron en Lima. Sus vidas transcurrieron entre los balcones y edificios de la Unidad Vecinal N.° 3, ubicada en el Cercado de Lima, muy cerca de otras Unidades Vecinales emblemáticas, como Mirones o las del Callao.
En ese entorno urbano comenzaron a forjar su educación musical, devorando —casi sin filtro— todos los discos que pasaban por su casa: The Hollies, The Beatles, The Rolling Stones; luego Woodstock, Led Zeppelin, Deep Purple, Uriah Heep, Black Sabbath, Slade, Alice Cooper; pero, sobre todo, Pink Floyd, Emerson, Lake & Palmer, Roxy Music y T. Rex.
Más adelante se zambullirían en Sham 69, Sex Pistols y Elvis Costello, ampliando aún más su espectro sonoro. Lo asimilaban todo: desde Gary Glitter hasta la Misa en si menor de Johann Sebastian Bach, sin prejuicios ni compartimentos estancos.
Clasemedieros y poco dados a las exigencias del colegio, los hermanos optaron por resolver la vida a su manera: hacer lo que más les gustaba, rock and roll.
Sin preparación académica ni ayuda externa, comenzaron a componer sus primeras canciones a mediados de la década de 1970. Rock pesado, blues, o la emulación directa del rock’n roll tal como lo practicaban sus maestros —los frenéticos Status Quo— marcaban esas primeras incursiones creativas.
Con pocas alternativas a la vista, sus días transcurrían en un interminable ir y venir de ensayos y “huevéos”. Pero las canciones ya se amontonaban. Necesitaban ser tocadas en vivo, enfrentarse al público y demostrarse a sí mismos que iban por el camino correcto.
Hacia finales de los años 70, Daniel F. comenzaría a perderse en aquellas ruidosas sesiones de rock en vivo que tenían lugar en locales como el Cecil Club o el Tommy Club Bar. Esa experiencia sería decisiva: allí se afianzó en él la convicción de que debía formar, cuanto antes, una banda de rock’n roll.
En 1980 y 1981, el rock volvió a ser tomado por gente que realmente amaba la música. Fue entonces cuando comenzaron a surgir nombres fundamentales de la escena local como Kotosh, Abiosis, Soljani, Madrigal, Temporal, Del Pueblo, entre otros.
Para 1983, Leusemia terminaría de convertirse en una realidad concreta con la aparición de Leo Escoria (Leopoldo La Rosa, hijo de un reconocido director de la Orquesta Sinfónica), quien acabaría uniéndose a los desequilibrados hermanos.
Leo —por su costumbre de llevar siempre el cabello erizado, las chamarras con incrustaciones de metal, cadenas y demás parafernalia— terminó de darle al grupo una imagen claramente punk, con la salvedad de que Leusemia nunca fue una banda punk.
Comenzaron los ensayos, aparecieron las canciones —todas de autoría propia— y el grupo, finalmente, se lanzó al ruedo.
En agosto de 1983, Leusemia —con Daniel F. en guitarra y voz, Leo Escoria en el bajo y Kimba Vilis en la batería— ofreció su primera presentación pública en un local llamado La Caverna (paradójicamente, como los Beatles), ubicado en el jirón Moquegua, en pleno centro de Lima, al costado del Tommy.
El debut no pasó desapercibido. Tiraron abajo el local. Nadie podía creer lo que estaba ocurriendo: estaban tocando canciones propias y, además, en castellano. Algo prácticamente impensable en esos espacios. Y lo más desconcertante de todo era que gustaban.
En aquellos años, la norma era repetir “éxitos”: las diez primeras, los grandes clásicos del ayer, fórmulas probadas y seguras. Nadie se atrevía a presentar composiciones propias y menos aún a cantarlas en español. Pero Leusemia lo hizo.
Hizo lo que siempre ha hecho —y lo que sigue haciendo hasta hoy—: no dejarse arrastrar por las modas ni componer canciones para buscar la aprobación de la mayoría, sino tocar con absoluta fidelidad a sí mismos.
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| Leusemia 1983 |
Tras aquel auspicioso debut, Leusemia volvió a presentarse en el mismo local. Sin embargo, las “estrellas” del jirón Moquegua, el grupo de covers Up Lapsus, terminaron por impedir que la banda siguiera tocando allí. El motivo era claro: el temor a que su reinado quedara en el pasado.
La gente ya comenzaba a hablar —con insistencia— de una “nueva gran banda” llamada Leusemia, y ese murmullo creciente resultaba demasiado incómodo para quienes dominaban la escena del lugar.
Ante este boicot —el primero de una serie que se repetiría hasta el cansancio—, nuestros héroes no se amilanaron. Por el contrario, decidieron ser más grandes que Up Lapsus (¿alguien se acuerda de ellos?, ¿alguien sabía siquiera que existieron y que solo provocaban risa y pena al verlos copiar a Led Zeppelin o, en el colmo del ridículo, disfrazarse como Kiss?).
Su primera presentación fuera del ghetto la dieron en la Escuela Nacional de Bellas Artes, en septiembre de 1983, compartiendo escenario con bandas de peso como Abiosis, Cimiento y Temporal.
A partir de allí, la historia de Leusemia dejó de ser una anécdota más del circuito limeño para transformarse en la de esos pocos nombres que logran traspasar las barreras de lo circunstancial. En la de aquellas bandas que no solo sobreviven al tiempo, sino que generan movimientos, abren grietas, descubren nuevos caminos y proponen otras maneras de entender y vivir el fenómeno musical.
Durante todo 1984, Leusemia se encargó de triturar oídos y sacudir mentes que aún permanecían estancadas en las fórmulas gastadas del rock de la época. Protagonizaron tocadas memorables en lugares como El Agustino, Comas, el Rímac, entre otros barrios, hasta llegar incluso al corazón del distrito de Miraflores: la Concha Acústica del Parque Salazar.
Allí ofrecieron una de las presentaciones más recordadas por quienes, poco tiempo después, terminarían formando las bandas subterráneas que definirían una era. Integrantes de Narcosis, Conflicto Social, Eructo Maldonado, Flema, SdeM, Excomulgados, Eutanasia, Radicales, QEPD Carreño, Pánico, entre muchos otros, han señalado que ver a Leusemia en ese escenario fue decisivo y les dio el empujón final para tomar la decisión de formar una banda de rock.
En aquella ocasión, a Leusemia les tocó enfrentarse a una sorpresa ingrata: en los equipos de sonido se encontraba Pico Ego Aguirre, un ex rockero de los años 60 que había declarado abiertamente la guerra a la banda, calificándolos de simples “aprendices” que solo querían “joder”.
A pesar del boicot —otro más en la ya larga lista—, el grupo convocó a mucha más gente de la esperada y consiguió que aquel concierto, realizado ante más de tres mil personas, valiera plenamente la pena y quedara inscrito en la historia del rock peruano.
Para 1984, el panorama musical limeño ya se había transformado en un verdadero hervidero de nuevas bandas: Silex, Fuga, Feiser, Clímax, entre muchas otras. Leusemia, mientras tanto, seguía aferrada a su ideal de echar abajo el sistema anterior, y su política de ataque frontal —verbal y directo— contra los grupos comerciales terminó por convertirlos en proscritos de la escena local.
Solo unos pocos acogieron a Leusemia y a sus tácticas poco ortodoxas. Fueron, principalmente, los primeros grupos que asumieron como bandera el cantar en castellano —Abiosis, Soljani, Cimiento, Kotosh, Análisis, Arteria, entre otros— quienes los respaldaron y los invitaron a compartir escenario.
Paralelamente, Leusemia comenzó a atraer a los adeptos de la línea más dura: punk rockers, hardcores y subtes radicales. Sus conciertos se transformaron en verdaderas batallas campales, no solo por la rudeza del público, sino por la aparición del pogo, un baile que recién obtendría carta de adopción oficial a inicios de 1985, durante el recordado “Festival Rock en Río… Rímac.
Ante tanto barullo, la prensa, los productores y los más atentos observadores del fenómeno —sobre todo desde el ángulo comercial— comenzaron a acercarse al grupo. Incluso el diario El Comercio hizo una pausa en su línea habitual y le dedicó un amplio espacio a Leusemia, bajo el título “Un fenómeno llamado Leusemia”.
La aparición resultó, por decir lo menos, sorprendente, si se tiene en cuenta que quienes solían ocupar las páginas del diario más leído del país eran, por lo general, los artistas complacientes y de perfil seguro. La nota dejó en claro que Leusemia no era una banda más, y que poseía la personalidad y el carácter suficientes para hacerle frente a todo lo adverso que pudiera presentarse en el ambiente del rock.
Pero no todo quedó reducido a pequeñas notas o menciones aisladas en los diarios. La revista Ave Rok, a través de Alfredo Rossel y Franklin Jáuregui, estableció contacto con Leusemia, dando origen a una relación que, si bien fue vista con recelo por algunos sectores, terminó beneficiando a toda la naciente escena underground limeña, impulsándola hacia niveles de exposición y alcance hasta entonces impensados.
La industria puede destruir un ideal, pero también puede ser capaz de diseminarlo, permitiendo que el mensaje deje de circular únicamente entre unos cuantos privilegiados. Prueba de ello es que una revista tan abiertamente mercantilista como Ave Rok terminó convirtiéndose —como señaló el propio Daniel F— en un factor clave para que, en 1985, la movida subterránea estallara de manera inédita en el país, ampliando sus fronteras y redefiniendo su relación con los medios y el público.
A mediados de 1984 se produce el ingreso de Raúl Montañez a la banda, un guitarrista experimentado que, si bien aportó mayor fuerza y solidez sonora al grupo, terminó limitándolo considerablemente en términos de repertorio. Hasta entonces, uno de los principales atractivos de Leusemia era su capacidad para interpretar numerosas canciones y de estilos muy diversos en cada concierto.
Con la incorporación de Montañez, la dinámica creativa se vio obligada a desacelerarse y la banda dejó de producir material con la misma intensidad. Como consecuencia, el repertorio leusémico quedó reducido a un puñado de canciones, que se repetían una y otra vez en sus presentaciones en vivo. Esta situación generó un desgaste interno que derivó en una crisis profunda, una de las causas que terminaría provocando la separación del grupo aproximadamente un año y medio después.
Pero aún quedaba 1985. Y 1985 fue el año de Leusemia, fue el año del rock local y fue, sobre todo, el año de la consolidación de un movimiento juvenil que adoptó el nombre de Rock Subterráneo.
Dentro de esta movida —¿o habría que decir al frente de ella?— se encontraba Leusemia, señalados por muchos como los padres de todo aquello, el estandarte innegable de un movimiento que ya no estaba dispuesto a aceptar que el rock fuera únicamente un divertimento sometido a los estatutos convencionales de la música.
Para 1985, ya estaban en plena escena Zcuela Crrada, Narcosis (aparecidos en 1984), Autopsia, Flema, Pánico, Valium, Guerrilla Urbana, Sarita Colonia y los Desgraciados, S.D.M., Excomulgados, entre muchos otros, conformando un entramado de bandas que reivindicaban no solo al rock, sino también a la vida misma.
El rock subterráneo se encargó de poner en duda todos los preceptos que la industria pretendía imponer como verdades incuestionables. Demostró que no era necesario ser un gran instrumentista para tocar una guitarra, un bajo o cualquier otro instrumento; que no hacía falta pasar por una academia de música para crear canciones con sentido y urgencia.
Demostró, además, que cualquiera podía cantar, pintar, escribir poesía, hacer serigrafía, dedicarse a la fotografía o construir escenografías. En suma, el “hazlo tú mismo” no era un eslogan vacío: en 1985 era una realidad concreta.
En ese contexto, las producciones musicales subterráneas comenzaron a materializarse. Narcosis fue el primer grupo en editar un demo, titulado Primera Dosis. Poco después, Leusemia, junto a Guerrilla Urbana, Autopsia y Zcuela Crrada, lograron concretar un compilado bajo el título Vol. 1. A estos esfuerzos seguirían nuevas grabaciones de Autopsia, Flema y otras bandas, consolidando un circuito de producción independiente que sentó las bases del rock underground peruano.
Toda la tolvanera desatada en torno a Leusemia y al Rock Subterráneo provocó que más de una empresa discográfica comenzara a fijar su atención en el grupo. Sin embargo, fue la casa de discos El Virrey la que, durante la segunda mitad de 1985, logró establecer un contacto realmente concreto.
El Virrey fue la única disquera dispuesta a aceptar las condiciones impuestas por la banda: instrumentos para la grabación —ya que el grupo no contaba con ellos—, tiempo suficiente y ausencia de presiones para la realización del disco, almuerzos cubiertos por la compañía e incluso seguro médico. En suma, condiciones que difícilmente se habrían concedido a un grupo desconocido, y que reflejan la magnitud del impacto que Leusemia y el movimiento subterráneo habían alcanzado en ese momento.

Leusemia 1985
El único que manifestó su desacuerdo con la realización del disco fue Daniel F, quien adujo razones técnicas. Y no le faltaba razón: en el país aún no existían las condiciones necesarias para capturar en estudio el sonido que la banda deseaba plasmar en un álbum.
Aun así, Daniel tuvo que aceptar la decisión de la mayoría, y el grupo terminó grabando un disco cuyo valor más significativo radica, ante todo, en su condición de documento histórico. Musicalmente, el resultado no reflejaba en absoluto lo que Leusemia venía mostrando sobre el escenario ni lo que los hermanos Valdivia desarrollaban en términos creativos hasta ese momento.
Aquí tienes el texto editado con criterio histórico, mejorando puntuación y fluidez sin borrar la voz ni la intención original de Daniel F, respetando su forma de expresión:
“Yo sabía ke el disco no iba a salir bien. Y para colmo, el repertorio ke se escogió no fue el más representativo de la banda, pues se incluyeron canciones ke nunca habíamos tocado. Es más: había canciones ke ni siquiera existían antes de entrar al estudio.
De pronto, todos (Raúl, Leo, Kimba) tenían canciones ‘escondidas’, y todos kerían un pedazo del vinil para ellos. Fue lo más tonto en materia de producción.
Lo poco bueno ke tuvo aquella aventura discográfica fue ke le demostramos a muchas bandas cojudas —los copiadores, los comerciales, etc.— ke no tuvimos ke hacer ningún tipo de concesión a nivel empresarial para lograr ke nos editaran un disco. Fue nuestra pequeña gran venganza.” — Daniel F
Este testimonio resume con crudeza la tensión entre el espíritu subterráneo y la lógica discográfica, y refuerza la idea del disco de Leusemia como documento histórico antes que obra definitiva, así como un acto de afirmación ideológica dentro del rock subterráneo peruano.
Aun así, aquel disco, sin difusión ni propaganda alguna, se convirtió en uno de los más vendidos de ese año. Sin embargo, todo ya estaba dicho. Daniel F abandona Leusemia entre diciembre de 1985 y enero de 1986, precisamente cuando el álbum figuraba entre los más solicitados y se esperaba cualquier cosa del grupo, menos la separación.
Kimba Vilis propuso continuar con el nombre y mantener activa la banda, pero el intento resultó inviable. Leusemia no podía sobrevivir sin su fundador. Finalmente, durante el verano de 1986, la banda se separó de manera definitiva, cerrando uno de los capítulos más intensos, influyentes y contradictorios del rock subterráneo peruano.
CARRERAS EN SOLITARIO
Si bien nadie hizo de la música una “carrera” —aunque con facilidad podrían haberlo hecho—, los destinos de los exintegrantes de Leusemia, ya por caminos separados, fueron disímiles y en muchos casos inconexos. Algunos lograron mantenerse apenas por una cuota de suerte (como en el caso de Montañez), mientras que otros lo hicieron por méritos propios, como Daniel F y Kimba Vilis.
A continuación, se presenta de manera someramente descriptiva qué fue de cada uno de ellos tras la primera separación de Leusemia, y cuáles fueron los rumbos que tomaron luego de cerrarse aquel capítulo fundacional del rock subterráneo peruano.
LEO ESCORIA

Tras su paso por Leusemia, Escoria emprendió un viaje a Europa, específicamente a Gran Bretaña, motivado por razones sentimentales —ah, el corazón—. Al no prosperar aquella historia, terminó trasladándose a Italia, donde se estableció y comenzó a trabajar en el rubro de la escenografía.
En el plano musical, su actividad fue escasa. Hubo algunos intentos esporádicos con una banda de orientación dark, pero no pasaron de simples amagos. Nunca logró repetir, ni siquiera de manera aproximada, los logros alcanzados en Lima durante su etapa con Leusemia.
De su paso por la banda queda, sin embargo, un legado concreto y perdurable: la autoría de dos canciones memorables, “Rata Sucia” y “Decapitados”, ambas compuestas en 1984, piezas fundamentales dentro del repertorio histórico de Leusemia.
RAUL MONTAÑEZ
Vivió durante muchos años en el Rímac. Tras su paso por Leusemia, fundó la banda La Resistencia, aunque el proyecto no tuvo mayor repercusión dentro de la escena. Posteriormente, formó parte de diversas agrupaciones del rock subterráneo, entre ellas Zcuela Crrada, Voz Propia y Atake Frontal, consolidando su participación dentro del circuito underground peruano.
KIMBA VILIS
Su verdadero nombre es Gustavo Guillermo. Toca la batería porque nunca le permitieron tocar la guitarra, aunque canta y compone su propio material desde los 14 años. Sus primeras influencias fueron el rock norteamericano, el pop inglés y, de manera determinante, su hermano Daniel, de quien aprendió el arte de hacer canciones. Su grupo favorito es Roxy Music.
De los cuatro integrantes de Leusemia, fue el primero en utilizar el nombre de la banda para alguna actividad, el primero en presentarse en público —cuando aún estaba en el colegio— interpretando una canción de Daniel titulada “Los Eventuales”, y, fiel a su carácter, siempre fue el primero en hacer líos.
Tras la primera separación de Leusemia, formó y participó en múltiples proyectos, entre ellos Vilis & Los Yndeseables y La Banda de Kadalzo, además de colaborar activamente con numerosas bandas del circuito subterráneo, como Zcuela Crrada, Guerrilla Urbana, Flema, Eutanasia, Empujón Brutal, Delirios Krónikos, entre muchas otras.
Su obra más emblemática es el álbum Degollando, grabado con La Banda de Kadalzo y editado en 1988. En esta producción toca guitarra y bajo, además de cantar y ser autor de todo el material. El disco tiene, además, la particularidad de contar con la participación del tecladista Julio Romani, quien años más tarde se integraría a Leusemia.
En años recientes, parte de su trabajo ha sido recopilado en el álbum Kimba Vilis – Antología, editado por el sello GJ Records, reafirmando su importancia dentro de la historia del rock subterráneo peruano.
DANIEL Foto
Por otro lado, una de las múltiples actividades del incansable Daniel F fue la edición de fanzines —a los que él mismo denomina “paskines”—. En 1986 publicó Bloke Subsicótiko y, ya en los años noventa, editó el notable zine Tarántula, considerado uno de los más lúcidos y radicales de la escena subterránea.
Como si ello no fuera suficiente, también publicó el libro Los Sumergidos Pasos del Amor – El Escenario de las Ocasiones Perdidas, un documento exhaustivo sobre el movimiento subterráneo limeño y el contexto histórico y social en el que se gestó, convirtiéndose en una referencia indispensable para comprender aquella etapa.
Tras su salida de Leusemia, Daniel formó la banda punk–metal Frente Negro, junto a Pedro Cornejo Guinassi, exintegrante de Guerrilla Urbana. Con este proyecto grabaron algunos temas que fueron incluidos en el compilado Vol. 2 (1986), que reunió a 13 bandas del circuito subterráneo, entre ellas Radicales, Eructo Maldonado, Flema, Vilis y los Yndeseables, Eutanasia, entre otras.
Posteriormente, utilizando una serie de canciones que venía componiendo desde 1984–1985, Daniel editó una maqueta solista titulada Kúrsiles Romanzas, una cinta centrada en temas de amor y desamor que dejó perplejo al ambiente underground por su belleza y sensibilidad, sin perder la intensidad y crudeza asociadas a su trabajo en Leusemia.
Más adelante, ingresó a la banda Kaos, inicialmente de hardcore punk, que con su incorporación evolucionó hacia un hardcore–metal más denso. Con ellos grabó una maqueta y posteriormente editó un CD, ampliando aún más su ya vasto legado dentro del rock subterráneo peruano.
No conforme con este alud de producciones, Daniel F decidió apoyar a su amigo Rafo Ráez —otro talento indiscutible— e integrarse a su banda, con la que permaneció más de dos años. Durante ese periodo conoció a Lucho Sanguinetti, quien más adelante se incorporaría a Leusemia.
Paralelamente, Daniel cofundó la banda de hardcore–metal Dogma SS, con la que grabó varios temas y ofreció presentaciones intensas y furibundas hasta 1995, año en que volvió a tocar con Leusemia, marcando un nuevo capítulo en la historia del grupo.
Leusemia regresa.
Recién iniciado el año 1995, Kimba Vilis y Daniel F se reencontraron en el Mamani’s Pub, una chingana ubicada en el jirón Quilca, en el centro de Lima, espacio habitual de presentaciones y encuentros de quienes integraban el circuito marginal de la época. Aquella noche coincidieron, además, con la presencia de Raúl Montañez.
Tras casi diez años, Daniel F y Raúl entablaron una larga conversación, mientras los comentarios que circulaban entre la gente reunida apuntaban a una sola idea: algo estaba por ocurrir. El ambiente, cargado de expectativa, parecía anunciar un nuevo giro en una historia que muchos creían definitivamente cerrada.
Esa noche ya nadie recuerda con certeza quién tocó. Tal vez casi nadie lo haga. Pero de lo que todos nos vamos a acordar es del momento en que vimos a los tres ex-leusémicos juntos, en el espacio destinado a los grupos —porque no había escenario—, colocándose frente a sus respectivos instrumentos.
El local, repleto, estalló. La gente se volvió loca. De pronto, César N., quien oficiaba de maestro de ceremonias aquella noche inolvidable, tomó el micrófono y anunció, a voz en cuello y a los gritos, la presentación de:
¡¡¡LEUSEMIA!!!
Nadie podía creerlo. Estaban allí. Estaban tocando. Y sonaban como siempre habían sonado: vitrólicos, sucios, brutalmente honestos.
Todo se vino abajo.
El pogo fue de antología.
Aquella noche memorable tocaron sus clásicas —“Un Lugar”, “Rata Sucia”, “Oirán tu Voz”, entre otras— durante casi media hora.
Fue más que suficiente.
Un poco más, y habría sido un asesinato masivo.
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Luego de aquel episodio, los integrantes de la banda propusieron el rearme. Pero no para hacer revival, ni para complacer a los mitómanos, y mucho menos para hacer dinero a expensas de la fama obtenida. Leusemia tenía que volver, sí, pero para volver a ser: una banda que vive en el riesgo permanente, en la contingencia, en la eterna beligerancia contra los patrones formales de la música. Leusemia siempre ha sido un grupo que habita al borde —y a veces fuera— de los límites permitidos. Volver a tocar implicaba asumir nuevos retos, nuevos riesgos y nuevos peligros. ¿Podrían sobrevivir a su propio mito? ¿Saldrían airosos a pesar del peso de su leyenda? Ese era el verdadero riesgo: perder la aureola conquistada solo por el hecho de seguir en la brega, de no rendirse, de seguir rompiendo fronteras. LOS PRIMEROS CONCIERTOS... OTRA VEZ La reaparición oficial se produjo en la Carpa Teatro del Puente Santa Rosa, ante casi mil personas. A pesar de lo precario del equipo y de la irregular organización del concierto, Leusemia cumplió largamente las expectativas de todos los que asistimos a aquella jornada histórica. Y lo hizo sin un solo aviso, sin un afiche en la calle que anunciara el retorno de la banda más grande del rock subterráneo de los años ochenta: todo fue, simplemente, pasarse la voz. El recibimiento, la ovación de entrada y de salida, los bis de rigor… todo conspiró para convertir aquella noche en un hecho inolvidable. El regreso de Leusemia tuvo, además, un efecto inmediato: numerosas bandas que permanecían inactivas hasta entonces volvieron a la escena, mientras que otras —menos conocidas— encontraron un nuevo impulso para intensificar su ataque sónico, reactivando con fuerza el circuito subterráneo limeño. En 1995, la presencia de Leusemia en la esfera under limeña se materializó con la edición de “A la Mierda lo Demás – Asesinando al Mito”, un CD de doble duración (más de 70 minutos) que documentaba el regreso oficial de la banda y, al mismo tiempo, cuestionaba su propia leyenda. A mediados del año siguiente, Raúl Montañez abandona el grupo y es reemplazado por Lucho Sanguinetti, joven pero ya veterano bajista del circuito subterráneo limeño. Sanguinetti venía de liderar su propia agrupación, Sor Obscena, y había pasado por diversos proyectos, entre ellos la banda de Rafo Ráez. Con esta nueva formación, Leusemia comienza a esculpir un sonido distinto, el que terminaría por definir su identidad hasta la actualidad: una suerte de sinfonismo garajero, o “punk sinfónico”, como algunos lo denominaron. Poco después se suma el tecladista Julio Romaní, quien terminaría de imprimirle al grupo una clara tónica progre-punk. El resultado de esta etapa creativa fue “Moxón”, un CD doble —dos discos y más de 120 minutos de música, ruido y experimentación— que terminó por consolidar la propuesta sonora de la banda y confirmar que Leusemia no solo había regresado, sino que estaba dispuesta a volver a tensar los límites de su propio lenguaje. Los puristas del punk rock —que ya venían escandalizados por las nuevas fórmulas sonoras de la banda— terminaron por condenar definitivamente a Leusemia tras la salida al mercado de “Moxón”. Frente a esas críticas, Daniel F salió al paso con su habitual sorna y beligerancia: “A todos esos cojudos ke pretenden manejar la vida de las personas, pues me los paso por los huevos. Ke sigan comiendo caca y ke se jodan. Porke la banda va a continuar su camino. Leusemia no ha regresado para convertirse en un muestreo pétreo de canciones de tres tonos y nada más. No somos una banda revival ke solo desea complacer a los puristas tocando únicamente ‘hits’ de épocas pasadas. Nosotros somos una banda de rock’n roll y, como tales, no nos interesan sus instituciones caducas, ni sus postulados castrantes, ni sus dogmas dictatoriales. Bastantes fascistas ya estamos aguantando diariamente —en el trabajo, en el colegio, en los medios, en el gobierno— como para tener ke soportar, además, a unos cuantos babosos neo-nazis ke pretenden decirle a la gente lo ke DEBE y lo ke NO DEBE hacer; lo ke DEBEN y lo ke NO DEBEN oír, cantar o soñar.” Portada disco Moxon Empero, la reacción de público y critica musical, fue más que positiva: el disco fue elegido por muchos como el CD del año, y como uno de los grandes logros y propuestas musicales de la década. El público de Leusemia creció en número y en espíritu. Por esos años (1998-99) un nuevo tipo de público estaba emergiendo. No era más el público sectario, el eminentemente subte o metalero. Era el X de la calle. Era cualquier persona que tenga oídos y sensibilidad suficiente como para saber apreciar lo que las nuevas (y antiguas) bandas estaban mostrando. Los puristas e intransigentes se horrorizaron ante este nuevo panorama y terminaron por recluirse en algún sub-sótano, de donde salen solo para rumiar –de cuando en cuando- su frustración y su trastorno. Así es como Leusemia da inicio a su siguiente paso: “Yasijah”, una sinfonía punkeke que no hizo más que reafirmar su insistencia hacia un enunciado musical anti comercial y lleno de retos. “Yasijah es eso, justamente –dice Daniel F- : una especie de reto, un desafío. Pero también es una jactancia. Un alarde de nuestra libertad para hacer cualkier tipo de trabajo sonoro. Una libertad ke –por ello- no nos priva de hacer cualkier combinación insana y supuestamente peligrosa para la normal consecución del grupo. Si dijeron ke ‘Moxón’ era una locura, y ke nos llevaría a asesinar definitivamente al ‘mito’, Yasijah es, entonces, el deskicio final. Por eso pusimos en los interiores del disco ‘si no te gustó Moxón, pues ni te acerkes a Yasijah, pues te va a gustar menos y aburrir mucho más.... ¿Y saben una cosa? Me importa un pincho. Pues Leusemia jamás se ha guiado por lo ke pida la gente. Eso se lo dejamos a los sub-dotados, ke solo piensan en complacer a su público”. De la simpleza y frescura del “A la Mierda lo Demás” a la complejidad, de “Moxón”, y de ahí a la magnificencia de “Yasijah”. Un crecimiento producto de un innegable talento, una progresión en el orden sonoro que no admite ninguna sombra de sospecha. Pocas bandas, pocos músicos de aquellas horas tempranas de la década de los 80’s, han llegado a los 90’s y al siglo XXI, con tan intacto potencial, con sus fuerzas e ímpetus casi incólumes, como si el tiempo no hubiera pasado para ellos. La deriva progresiva (1998–1999) Hacia finales de los años noventa, la vena creativa de Daniel F y su declarada admiración por los clásicos del rock de los años setenta condujeron a Leusemia hacia un terreno cada vez más cercano al rock progresivo. En 1998 ya circulaban rumores sobre un nuevo trabajo del grupo, cuyo título tentativo sería Mojón. El álbum terminó publicándose como Moxón: el estokástiko viaje de Defekón I a través de los tiempos, un disco doble que sorprendió —y desconcertó— a parte de su público. Con canciones extensas, pasajes experimentales y una exploración sonora poco habitual dentro del punk, el álbum fue recibido con reservas por algunos seguidores, aunque también reafirmó la voluntad del grupo de no repetir fórmulas. Lejos de retroceder ante la posibilidad de perder público, en 1999 la banda lanzó su cuarto álbum de estudio, Yasijah, un trabajo abiertamente progresivo. Contra todo pronóstico, la propuesta atrajo a nuevos oyentes, fascinados por la audacia del sonido y la amplitud musical del grupo. Para este disco se incorporaron Aldo Toledo en los teclados y Nilo Borges en el violín, ampliando de manera decisiva el espectro sonoro de Leusemia. --- Los veinte años (2003–2004) En 2003, Leusemia celebró dos décadas de trayectoria. Como parte de esta conmemoración, diversas bandas de la escena local participaron en el álbum Tributo a Leusemia – 1983–2003, testimonio del impacto y la influencia del grupo dentro del rock subterráneo peruano. Ese mismo año se editó el recopilatorio 20 años sobre un sueño, cuya portada rindió un homenaje explícito al clásico Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles. Paralelamente, se publicó el registro en vivo Leusemia en Cailloma, grabado en una tocada realizada en el jirón Cailloma, emblemática zona del Centro de Lima asociada a la marginalidad urbana, un entorno que reforzaba el espíritu crudo y contestatario de la banda. Durante 2003, el programa Zona 103 organizó el festival “Nacional sale a la calle”, en el que Leusemia compartió escenario con bandas como Rafo Ráez & Los Paranoias, Masacre y Ni Voz Ni Voto, entre otras. Ese año se incorporó Walter Peche en la primera guitarra, mientras Daniel F asumía la voz principal y la segunda guitarra, marcando una nueva configuración instrumental. En 2004, Luis “Lucho” Sanguinetti dejó la banda tras un episodio de alta exposición mediática que generó una fuerte controversia pública. Su lugar fue ocupado por Kike Altez, integrante de Histeria Kolectiva, quien se integró a la formación en adelante. --- Hospicios y la etapa más progresiva (2004–2007) Sin la participación de Nilo Borges en el violín —quien fallecería un año después—, Leusemia lanzó en 2004 Hospicios: los últimos ciudadanos de la séptima casa de la oscuridad, considerado su disco más progresivo y una de las obras más ambiciosas de su carrera. Se trata de un álbum conceptual centrado en la locura, desarrollado a través de atmósferas densas, pasajes oscuros y una narrativa musical compleja. El disco fue interpretado íntegramente por primera vez en el Teatro de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y posteriormente presentado en el Parque de la Exposición, con aforo completo. Además, fue difundido a través de un canal de televisión por cable especializado en rock y música alternativa. Posteriormente, la banda editó el álbum acústico en vivo El ojo de las nebulosas, seguido en 2006 por Leusemia en el Rock en el Parque VIII, registro que incluyó también material audiovisual del concierto. En octubre de 2007, tras el fallecimiento de Edwin Zcuela, exvocalista de la banda amiga Zcuela Crrada, la formación del disco A la mierda lo demás se reunió para una serie de presentaciones especiales, cargadas de memoria y emotividad. --- Fallecimiento de Nilo Borges (2005) El fallecimiento de Nilo Borges, a inicios de 2005, marcó profundamente la historia de Leusemia. El músico cubano se había incorporado desde Yasijah (1999) como violinista y arreglista de cuerdas, aportando una dimensión sonora inédita al grupo. Participó en uno de los primeros conciertos unplugged de la banda, realizado en el CCPUCP, y en un concierto transmitido en vivo por radio dentro del programa Zona 103, dirigido por Juan Carlos Guerrero, registro del cual surgiría el disco Zona 103. Su legado permanece como uno de los aportes más sofisticados y emotivos en la historia sonora de Leusemia. --- 25 años sobre un sueño (2008) El 18 de julio de 2008, Leusemia celebró sus 25 años de trayectoria con el concierto “25 años sobre un sueño”, organizado por Imago Producciones y Traumfabrik Producciones, en el anfiteatro del Parque de la Exposición. El evento contó con la participación de Narcosis, La Sarita y Masacre, y tuvo como momento central la reunión de los integrantes originales: Daniel F, Kimba Vilis, Raúl Montañez y Leo Escoria, quien regresó desde Europa tras más de 20 años. En octubre de 2008, Traumfabrik lanzó un DVD-documental del concierto. Actualidad En los últimos años, Leusemia ha consolidado un estatus de banda de culto en el Perú. Sus letras, nacidas desde el ideario punk, dialogan hoy con problemáticas sociales contemporáneas como el maltrato animal, la violencia contra la mujer y diversas formas de exclusión. A pesar de su origen subterráneo, la banda ha logrado convocar multitudes, presentándose en festivales masivos y escenarios de gran escala. En abril de 2009, compartió escenario con Kiss en el Estadio Nacional, y en noviembre de 2010 participó en el Lima Hot Festival junto a Smashing Pumpkins y Stereophonics. El 15 de enero de 2011, Leusemia interpretó Hospicios íntegramente en una puesta escénica junto al colectivo Angeldemonio. Al final de la noche, Daniel F, Raúl Montañez, Kike Altez y Peter Ballivian ejecutaron tres temas adicionales. Actualmente, la banda se presenta en formato de trío, apostando por un sonido directo, crudo y visceral, fiel a su espíritu original. Discografía: |
Discos Oficiales⬇
1985: Leusemia (El Virrey).
1995: A la mierda lo demás (Huasipungo Records).
1998: Moxón (Huasipungo Records).
1999: Yasijah (L-25 Producciones).
2000: Al final de la calle (L-25 Producciones).
2000: Leusemia (reedición, IEMPSA).
2004: Hospicios (L-25 Producciones).
Recopilatorios⬇
2003: 20 años sobre un sueño.
En vivo⬇
1998: El infierno del némesis.
2000: Zona 103 - En vivo Radio Nacional.
2001: Canto enfermo - En vivo en el Cuzco.
2003: Leusemia en Cailloma.
2004 aprox.: Nacional sale a la calle (varios artistas).
2005: El ojo de las nebulosas.
2006: Leusemia en el Rock en el parque VIII.
Disco tributo⬇
2003: Tributo a Leusemia - 1983-2003.
Filmografía
2008: La noche de los 25 años DVD.
La banda ha tenido diversas formaciones siendo las más importantes la primera, la segunda, la sexta y la octava.
Primera formación no oficial (1983)
Daniel F (voz y guitarra).
Kimba Vilis (batería).
Leo Scoria (bajo).
Primera formación oficial (1983-1985)
Daniel F (voz y guitarra).
Kimba Vilis (batería).
Raúl Montañez (guitarra).
Leo Scoria (bajo).
Kimba Vilis (batería).
Raúl Montañez (guitarra).
Leo Scoria (bajo).
Segunda formación (1992-1995)
Daniel F (voz y guitarra).
Montaña (bajo).
Kimba Vilis (batería).
Tercera formación (1995-1996)
Daniel F (voz y guitarra).
Montaña (bajo).
Kimba Vilis (batería).
Cuarta formación (1996-1997)
Daniel F (voz y guitarra).
Luis Lucho Sanguinetti (bajo).
Kimba Vilis (batería).
Quinta formación (1997-1999)
Daniel F (voz y guitarra).
Lucho Sanguinetti (bajo).
Julio Romani (teclados).
Kimba Vilis (batería).
Sexta formación (1999-2001)
Daniel F (voz y guitarra).
Lucho Sanguinetti (bajo).
Aldo Toledo (teclados).
Nilo Borges (violín).
Kimba Vilis (batería).
Séptima formación (2001-2003)
Daniel F (voz y guitarra).
Kimba Vilis (coros y cantante alterno).
Lucho Sanguinetti (bajo).
Aldo Toledo (teclados).
Nilo Borges (violín).
Adrián Arguedas (batería).
Octava formación (2003-2008)
Daniel F (voz y segunda guitarra).
Kimba Vilis (coros y cantante alterno).
Walter Peche (primera guitarra).
Lucho Sanguinetti (bajo).
Aldo Toledo (teclados).
Nilo Borges (violín).
Adrián Arguedas (batería).
Novena formación
Daniel F (voz y segunda guitarra).
Walter Peche (primera guitarra).
Kike Altez (bajo).
Dennis Carranza (teclados).
Jano Baquetín Anaya (batería).
Actual formación
Daniel F (voz y segunda guitarra).
Raúl Montaña (bajo y guitarra).
Erick Saavedra (batería).
Johann Atencia Paredes (primera guitarra).

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